La mañana siguiente llegó a Puebla con una claridad fría, disipando la niebla nocturna pero no los nervios que habitaban en la casa de Nant. El despertador sonó como una sentencia, marcando el inicio del "Día D".
La rutina matutina fue mecánica y silenciosa. Nant y Clara se movieron con una sincronía nerviosa, preparando el desayuno para Emilia, la hermana menor, quien ajena a la tensión que flotaba en el aire, comía sus cereales con la despreocupación de la infancia.
Salieron de casa temprano.