La noche cayó sobre la modesta casa de Nant, trayendo consigo el peso de la rutina y el cansancio honesto de quienes viven al día. La puerta de entrada se abrió con el chirrido familiar de las bisagras, dando paso a tres figuras agotadas.
Nant, su hermana menor y su madre, Clara, entraron arrastrando los pies. El aire dentro de la casa estaba viciado por el encierro del día, pero olía a hogar. Había sido una jornada brutal: Clara llegaba con los hombros caídos tras un turno doble en el trabajo,