El eco silencioso de la Junta de Socios Extraordinaria se disipó con una frialdad casi militar en los pasillos de CIRSA Puebla. La votación había sido unánime —salvo por la elocuente abstención de Diana—, lo que confirmaba que Yago Castillo había ganado la batalla corporativa. Había neutralizado la ambición de su madrastra, utilizándola para blindar la empresa y, al mismo tiempo, asegurar el control efectivo para sí mismo y para Joren.
En el ambiente silencioso de su oficina, Ludwig Castillo en