La oscuridad de la habitación de Belém se había vuelto un refugio, un santuario de miseria donde podía ser ella misma sin la máscara de la abogada implacable o la mujer seductora. Acurrucada en su cama, en posición fetal, el llanto se había convertido en un sollozo seco, un temblor constante que le sacudía el cuerpo. El silencio era su único compañero, un eco de la soledad que la había invadido. El peso de lo que había perdido, el amor de Yago, la dignidad que le quedaba, la aplastaba. La ironí