El taxi seguía esperando frente al imponente portón de acero negro de la casa de Yago, un humilde testigo de la humillación de Belém. Con el corazón hecho pedazos y la cabeza gacha, Belém se subió de nuevo al asiento trasero. El nudo en su garganta era tan grande que apenas podía respirar, y sus ojos se habían convertido en dos manantiales que no podían contener las lágrimas. Su cuerpo, que antes se sentía pesado, ahora se sentía vacío. El traje de diseñador, que había elegido esa mañana con un