El taxi se detuvo frente al imponente portón de acero negro. El silencio de la colonia, tan denso y pesado como el aire salado, se sentía como un reproche. El motor del auto, que antes había sido un zumbido constante, ahora parecía un ruido ensordecedor en medio de la quietud de la noche. Belém, con el corazón latiendo con una mezcla de ansiedad y una extraña esperanza, abrió la puerta. El olor a sal, a mar y a flores exóticas que flotaba en el aire le trajo un aluvión de recuerdos, de noches e