El asco que había sentido en la oficina, ese frío y denso veneno que le recorría el cuerpo, se convirtió en la fuerza motora que impulsó a Belém fuera de su silla, de su despacho. Había logrado conservar su puesto, pero a un costo que le quemaba la piel. No era el miedo a ser despedida lo que la había hecho sonreír y susurrar palabras obscenas, sino una desesperación que la obligaba a aferrarse a la única herramienta que King le había dejado claro que valoraba: su sexualidad. La humillación era