Cuando la imponente camioneta de lujo de Yago se detuvo frente a la entrada principal del plantel educativo, el bullicio habitual de la hora de salida ya resonaba en el aire. Jóvenes con uniformes se dispersaban, algunos corriendo a los brazos de sus padres, otros esperando en pequeños grupos. Carlos, con su habitual eficiencia, detuvo el vehículo en un punto discreto que ofrecía visibilidad sin obstruir el tráfico.
Nant, con una emoción palpable, se desabrochó el cinturón de seguridad y abrió