Cuando estaba a punto de cruzar la puerta del comedor, Diana, con una voz que sonaba casual pero que, como siempre, ocultaba una intención, le hizo un último encargo. Sus ojos se dirigieron a Eunice, que seguía recogiendo los últimos platos con su discreción habitual, su presencia casi imperceptible en el fondo de la habitación.
—Joren, mi querido —dijo Diana, su voz meliflua, con esa sonrisa que no llegaba a sus ojos, la misma que usaba para sus empleados y para el público—. Antes de que te va