El desayuno en la suntuosa casa de los Castillo había concluido con la misma formalidad con la que había comenzado. El suave tintineo de la porcelana fina y la plata pulida se había silenciado, y el aroma a café recién hecho y a pan tostado comenzaba a disiparse del amplio y luminoso comedor. Ludwig, el padrastro de Joren, un hombre de negocios siempre puntual y metódico, se levantó de la cabecera de la mesa. Con un breve y casi imperceptible asentimiento de cabeza hacia los presentes, tomó su