Mientras el sol comenzaba a asomarse tímidamente sobre los tejados de Puebla, tiñendo el cielo de un suave gris perla y despertando la ciudad con una luz incipiente, Joren Castillo despertaba en la comodidad de su propia cama. Su reloj digital, en la mesita de noche, marcaba las 6:30 de la mañana, una hora que para la mayoría de los mortales era el inicio de un día temprano y ajetreado. Sin embargo, para Joren, y especialmente después de la cena de la noche anterior con Yago, cargada de estrate