Nant, envuelta en una de las suaves batas del hotel, se había sentado frente a la imponente mesa rectangular de cristal con ocho sillas, perfectamente alineadas: tres a cada lado y una en cada extremo. La luz del amanecer, que ahora inundaba la suite, se reflejaba en el pulido cristal, creando destellos danzantes. Mientras Yago lidiaba con el recuerdo de la "cachetada" de su madre, Nant ya había tomado la carta del restaurante, una elegante pieza encuadernada en cuero. Sus ojos escanearon las p