Nant salió del baño envuelta en una toalla suave y esponjosa, su piel sonrosada por el vapor y el agua caliente. La tensión que había estado enroscada en su cuello y hombros se había disipado, reemplazada por una sensación de profunda calma. Gran parte de esa relajación no solo venía de las burbujas y los aromas de las sales de baño, sino de las palabras de Yago, esa inquebrantable promesa de apoyo y familia. Y, sorprendentemente, también de las propias palabras que ella le había regalado a él,