El vestido de Nant se había deslizado al suelo con un susurro sedoso, formando un charco de tela oscura a sus pies. El aire fresco del penthouse acarició su piel, pero el calor del cuerpo de Yago, envolviéndola desde la espalda, era una marea que la consumía. Sus labios, cálidos y firmes, continuaron su exploración por la curva de su cuello, depositando besos lentos y profundos que la hicieron estremecerse hasta el alma. Cada caricia, cada roce, era una chispa que encendía un fuego creciente en