Mientras Joren y Eunice compartían caricias, gemidos ahogados de placer y la intimidad de sus fluidos en la habitación, sellando promesas y buscando consuelo, en otra parte de la mansión de Puebla, Diana se encontraba sumida en sus propios pensamientos, en la frialdad estratégica que definía su existencia. La cena había terminado, y las palabras de Joren sobre Belem, su ambigua pero satisfactoria información, resonaban en su mente.
Diana se movía por su opulenta habitación, una calculadora anda