La camioneta de lujo de Yago Castillo se detuvo con una suavidad imperceptible frente a la entrada principal del hotel de élite en Puebla. El trayecto desde la Joyería Altesse había sido un torbellino de emociones, pero al detenerse, Yago se obligó a recuperar la compostura que exigía su apellido.
Carlos, su chofer, le abrió la puerta y lo siguió discretamente hacia el vestíbulo. El Penthouse esperaba, pero Yago tenía una parada crucial antes de ascender al epicentro de su drama personal.
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