Capitulo 4

El metal del contenedor vibraba bajo la lluvia de balas silenciadas. Elena sentía el calor del cuerpo de Mateo rodeándola, un calor que antes buscaba con desesperación y que ahora le resultaba extrañamente asfixiante.

—¿Por qué haces esto, Mateo? —susurró ella, con la voz entrecortada—. No me debes nada. El divorcio nos hizo extraños.

Mateo se asomó por el borde del contenedor, localizando a los dos tiradores que avanzaban con precisión militar. Su rostro, antes arrogante, estaba contraído por una determinación suicida.

—Te debo cada segundo que he respirado desde aquella cirugía, Elena —respondió él, sin mirarla—. No lo sabía entonces, pero lo sé ahora. No vas a morir en un callejón por culpa de mis pecados.

Mateo metió la mano en su chaqueta y sacó una pesada llave de hotel. Se la entregó a Elena, cerrando sus dedos con fuerza.

—Escúchame bien. Detrás de ese muro hay un pasadizo que lleva a la calle principal. Hay un Mercedes negro con las llaves puestas. Conduce hacia el norte, no te detengas por nada. Roberto, mi jefe de seguridad, te encontrará en el punto de control.

—¿Y tú? —Elena apretó la llave, sintiendo el frío del metal—. Son dos, Mateo. Y tú no tienes un arma.

Mateo esbozó una sonrisa amarga, la primera sonrisa genuina que ella le veía en años. —Tengo algo mejor. Tengo la necesidad de ser el hombre que merecías.

Sin esperar respuesta, Mateo se puso de pie y salió de su cobertura.

—¡Aquí estoy, malditos! —rugió, su voz resonando en las paredes de piedra—. ¡Si quieren los archivos, tendrán que pasar por encima de mi cadáver!

Los sicarios no dudaron. El fuego se concentró en él. Elena vio, con el corazón en la garganta, cómo Mateo corría hacia el tirador más cercano, usando las cajas de madera como cobertura momentánea. Un disparo le rozó el hombro, rasgando su costosa camisa de seda, pero él no se detuvo.

Fue una coreografía de desesperación. Mateo embistió al primer hombre con la fuerza de un animal herido, derribándolo contra el suelo. Forcejearon, el arma disparándose al aire, mientras el segundo sicario apuntaba con frialdad a la cabeza de Mateo.

—¡No! —gritó Elena.

En un acto reflejo, ella lanzó su pesado bolso de suministros médicos, golpeando el brazo del segundo tirador justo cuando disparaba. La bala se desvió, impactando en la pierna de Mateo.

Él soltó un grito ahogado, pero no soltó al hombre que tenía debajo. Con un golpe seco de su frente contra la nariz del sicario, lo dejó inconsciente y arrebató el arma.

—¡Vete, Elena! ¡Ahora! —gritó Mateo, arrastrando su pierna herida mientras apuntaba al segundo hombre, que ya se recuperaba.

Elena dudó. Por un segundo, el odio y el dolor de los últimos tres años lucharon contra un instinto primario de protección. Ver al "Rey de Madrid" sangrando en el suelo de un callejón sucio por ella... rompió algo dentro de su armadura.

Pero recordó las palabras de él en el baile: "Eres una sombra." —No lo hago por ti —murmuró ella para sí misma, antes de dar media vuelta y correr hacia el pasadizo.

Escuchó un último disparo y el chirrido de unos neumáticos. Cuando llegó al Mercedes negro, sus manos temblaban tanto que casi no pudo encender el motor. Al mirar por el retrovisor, vio a Mateo caer de rodillas, con la mano presionando su muslo ensangrentado, mientras observaba cómo ella escapaba hacia la libertad.

Él no intentó seguirla. Solo se quedó allí, asegurándose de que nadie la persiguiera.

Esa noche, mientras conducía bajo la lluvia, Elena no lloró por su matrimonio perdido. Lloró porque, por primera vez, el hombre de hielo se había derretido... y el precio había sido su propia sangre.

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