El contenedor se detuvo con un golpe seco. El balanceo rítmico y el rugido sordo de motores gigantescos lo confirmaban: estaban en las entrañas de un carguero en alta mar.
La temperatura dentro del metal empezó a caer en picado. La humedad del puerto, atrapada con ellos, se convirtió en un vaho gélido que entumecía los dedos. Mateo intentó ponerse en pie, pero su pierna herida falló. Soltó un gemido que intentó ahogar, pero en el silencio del contenedor sonó como un grito.
—Mateo, estás ardiend