El impacto contra el agua no fue un golpe, fue una explosión. El contenedor de acero golpeó la superficie del Mediterráneo con la fuerza de un meteorito, lanzando a Mateo y Elena contra las paredes de metal.
Durante unos segundos, el silencio fue absoluto, roto solo por el siseo del aire escapando. Luego, el agua empezó a entrar. Fría, negra y voraz.
—¡Elena! —gritó Mateo, tragando agua salada mientras intentaba mantenerse a flote. Su pierna herida era un lastre de plomo, pero el pánico de perd