El sonido de las botas de los sicarios golpeando el metal del muelle resonaba como tambores de guerra. Mateo, con la respiración entrecortada y la herida de su pierna gritando de dolor, empujó a Elena hacia el interior de un contenedor entreabierto que olía a café y a hierro.
Cerró la pesada puerta desde dentro, dejando solo una rendija milimétrica para el aire. La oscuridad los sepultó al instante.
—Silencio —susurró Mateo, pegando su cuerpo al de ella para apartarla de la puerta.
Estaban tan