Alec sabía que estaba caminando sobre la cuerda floja. Entre las reuniones interminables en Radcliffe Enterprises, las visitas nocturnas al hospital para sostener la mano de una Miranda convaleciente y la gestión legal de la cacería de Beatrice, había descuidado lo más sagrado que tenía; a su hijo.
El pequeño Edward había estado inusualmente callado esa mañana. No se quejaba, pero sus ojos grandes seguían cada movimiento de su padre con esperanza y al mismo tiempo miedo al abandono. Alec sintió