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Esa mañana, todo se sentía distinto en esa habitación del hospital, en realidad Alec había llegado temprano para visitarla antes de irse a la oficina, trayendo consigo ese aroma a perfume caro y café recién hecho que a Miranda solía gustarle, pero que hoy le revolvía el estómago.

Ella estaba sentada en la cama, con las manos entrelazadas sobre su regazo, apretando los dedos con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Cuando Alec se acercó para darle un beso en la mejilla, ella se
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