Alec se quedó en el salón, quieto. El silencio que siguió a la explosión de Miranda decía más que cualquier cosa; decía control, frustración y la clara advertencia de que él no había ganado, sino que simplemente la había pospuesto. Miranda, con los puños aún apretados de furia, pasó de largo a su marido, se dirigió a la habitación y cerró la puerta con un fuerte portazo. Una vez dentro, se obligó a regular su respiración. Estaba demasiado alterada.
Supuso que debía llamar a Vera e informarle qu