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—Lo siento mucho. ¿Te he lastimado? —preguntó él, con esa voz profunda y gruesa que hizo que a Vera se le erizara toda la piel de los brazos.

Ella casi ni siquiera podía hablar; su cerebro había hecho un cortocircuito momentáneo.

—En... en realidad me encuentro bien. No se preocupe —fue lo único que pudo decirle, todavía con la voz entrecortada y las mejillas encendidas.

Zamir, que era un experto en leer a las mujeres, no la soltó de inmediato. Parecía estar usando su arma de seducción con ella
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