El sol aún no alcanzaba su punto más alto cuando varios vehículos sin distintivos, pero llenos de oficiales de la Policía Judicial, se detuvieron ante las imponentes rejas de la mansión Radcliffe. El abogado de Elizabeth ya había advertido que se abstuvieran de abrir, pero el tiempo para las cortesías había terminado.
El jefe de la operación, un hombre corpulento y de mirada severa, tocó el intercomunicador.
—¡Abra la puerta! Tenemos una orden judicial. Cooperen o ent