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Alec levantó la cabeza después de un rato. Tenía la mirada perdida y los ojos hinchados por el llanto. Hizo una seña al barman, quien se acercó y le dejó una bebida fuerte. Le dio otro sorbo, el ardor del alcohol apenas un cosquilleo comparado con el dolor en su alma. Su amigo Zamir lo miraba, esperando la continuación de su confesión.

—Si me preguntas qué siento... no lo sé —soltó Alec, su voz era un áspero susurro—. Siento que una parte de mí está extasiada con la idea de hacer justicia, y l
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