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Alec condujo hasta la imponente mansión de su madre, Elizabeth, con una determinación fría grabada en el rostro. Cuando llegó, se le permitió la entrada al salón, donde encontró a Elizabeth sentada, visiblemente demacrada pero intentando mantener la compostura. Ella se quedó un poco sorprendida de verlo.

—No esperaba que vinieras —admitió, la voz tensa.

—No he venido a reconciliarme, ni a buscar explicaciones —emitió Alec, manteniéndose de pie frente a ella—. Ya sé suficiente. He venido a inf
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