Alec cruzó el umbral de la mansión y cerró la puerta de su despacho tras de sí y soltó un suspiro profundo, mientras sus dedos trabajaban torpemente para aflojar el nudo de la corbata que lo había estado asfixiando durante toda la rueda de prensa.
Levantó la vista y la vio. Miranda estaba allí, de pie en el vestíbulo, esperándolo. Su postura era rígida, sus brazos cruzados sobre el pecho en un gesto de autoprotección, pero sus ojos lo buscaban con ansiedad.
—¿Cómo fueron las cosas? —preguntó el