Esa noche, el muro invisible que se había erigido entre ellos durante años, y que se había fortificado con hielo durante las últimas semanas, finalmente cayó. No hubo un estruendo, sino un silencio compartido y cálido.
Estaban allí, en la cama matrimonial que por tanto tiempo había sido un campo de batalla frío. Miranda yacía acurrucada al lado de Alec, con la cabeza descansando sobre su pecho desnudo. Escuchaba el latido rítmico y fuerte de su corazón, y por primera vez en mucho tiempo, sintió