Rowena caminaba hacia la salida de servicio de la mansión con la cabeza alta, arrastrando su maleta de ruedas sobre la grava. No había ni rastro de vergüenza en su andar; al contrario, había un rebote de victoria en sus pasos. Había sido despedida, sí, pero su cuenta bancaria decía lo contrario.
Justo antes de que cruzara el portón, Xiomara salió corriendo de la casa, con el delantal todavía puesto y el rostro encendido por la indignación.
—¡Rowena! —gritó Xiomara, deteniéndose a unos metros de