La mañana siguiente, Miranda se despertó sintiendo un raro alivio. La realidad de la llamada de su amiga la había sacado de esa desesperación. Al recibir el mensaje de Vera confirmando que había aterrizado, una vibración de vida la recorrió.
Se sentó en el borde de la cama y rápidamente marcó.
—¡Vera! Por favor, espérame. Iré por ti al aeropuerto. Te lo aseguro. —Habló con una emoción que le hacía palpitar el pecho, una emoción tan inusual que la impulsó a vestirse con premura.
Estaba a medio