Hannah gritó cuando los guardias la arrastraron hacia una oscura habitación, mientras sus puños golpeaban en vano sus espaldas.
—¡Déjenme ir! ¡Por favor! —gritó.
—Si no quieres latimarte, deja de ser terca —murmuró fríamente uno de los hombres mientras la levantaba más alto sobre su hombro.
Un momento después, entraron en una gran sala con poca luz. Donde el aire estaba lleno del humo de puros y del olor de perfumes caros. Dentro, había guardias armados que se erguían como estatuas en cada