Lucía se sentía como una simple payasa, objeto de burla y fuente de diversión para todos. Mientras permanecía allí, con los puños apretados, la tensión era palpable.
—Señora.
Antes de que Zane pudiera repetir su nombre, Lucía se quitó la máscara, dejando al descubierto la delicada palidez de sus facciones. Una tenue cicatriz rosada marcaba su mejilla, un crudo recordatorio del sufrimiento padecido en Támara; una huella que resaltaba con fuerza sobre su piel. En ese instante, el tiempo se detuvo