Kylie Méndez lanzó el teléfono sobre el sofá con violencia. —¿Qué? ¿Ahora se está rebelando? ¡Ni siquiera se digna a hablarme bien! —exclamó con el rostro encendido de rabia.
A su lado, Nadine, impecablemente vestida, le masajeó los hombros con una suavidad calculada. —Mamá, estuvo un año en Támara. Es normal que guarde rencor. No te rebajes a su nivel.
—¿Rencor? —Kylie soltó una carcajada cargada de veneno—. ¡No tiene derecho! ¡Soy su madre!
Mientras tanto, en Valle de Ángeles, Lucía terminaba