La Torre Thorne, ese obelisco de cristal que solía proyectar una sombra de omnipotencia sobre la ciudad, se sentía hoy como un animal herido. El vestíbulo, habitualmente un hormiguero de ejecutivos con trajes a medida y pasos presurosos, estaba sumido en un caos contenido. Los monitores financieros, que en tiempos de Alexander Thorne emitían un brillo verde de estabilidad, ahora parpadeaban en un rojo sangriento. Las acciones caían, y el murmullo de los "buitres", inversores de riesgo y competi