La lluvia que había empapado a Simón horas antes se había transformado en una neblina gélida que trepaba por los muros de la fortaleza. En el patio de armas, bajo las luces halógenas que cortaban la oscuridad como cuchillas, el ambiente era asfixiante. La noticia de las cartas con el sello del dodecaedro en el orfanato había actuado como un detonante en la psique de Alexander Thorne. El hombre que había jurado ser el escudo de su familia sentía ahora que el escudo se estaba agrietando bajo una