El GPS los había guiado fuera del bullicio de Manhattan, hacia un rincón de la periferia donde el tiempo parecía haberse detenido por decreto divino. Frente a Alexander, Sofía y Simón se alzaba una imponente construcción victoriana de piedra gris, cuyas torres ojivales se recortaban contra un cielo plomizo. No había cámaras de seguridad de última generación, ni guardias armados. Solo una placa de bronce desgastada: Orfanato del Sagrado Corazón.
Alexander detuvo el SUV y el motor rugió antes de