El Consejo de Administración de Thorne Capital había sido, históricamente, un campo de batalla donde Simón Lennox se sentía como un dios entre mortales. Sus dedos solían volar sobre el teclado, desmantelando argumentos de directivos obesos de poder con la misma facilidad con la que hackeaba un servidor periférico. Sin embargo, esta tarde, la voz del vicepresidente de finanzas era solo un zumbido blanco, un ruido de estática que chocaba contra una barrera invisible en su mente.
Simón miraba la p