El salón de acero de la fortaleza de Dante Varga se sentía como una tumba de alta tecnología. El aire estaba viciado por el olor a ozono de los servidores y el tabaco rancio del puro de Dante.
Alexander mantenía su arma nivelada, pero el peso del cansancio y la inutilidad de seguir apuntando a un hombre que ya lo había perdido todo comenzó a surtir efecto. Dante, por su parte, bajó lentamente la Magnum .44, dejándola descansar sobre su muslo con una parsimonia insultante.
—Tu padre era un homb