El trayecto de regreso del Hotel Imperial a la mansión fue un descenso lento hacia un infierno de silencio. Adrián sujetaba el volante con una fuerza que le entumecía los dedos, sintiendo cómo el sudor frío le recorría la nuca. El evento benéfico no solo había sido una humillación; sino que también había sido el entierro público de su hombría. Lysandra, sentada a su lado, no decía una palabra, pero su presencia llenaba el habitáculo del auto con una densidad asfixiante. Ella irradiaba una satis