Apenas cruzaron el vestibulo de la entrada principal de la mansión Valerius, el silencio se transformó en un estallido. Vania lanzó su bolso de mano contra un sillón con una violencia que hizo que las costuras crujieran. Se giró hacia Adrián, con el rostro transfigurado por una rabia que no había podido descargar frente a los invitados.
—¿Quién se cree que es ese maldito italiano? —chilló Vania, caminando de un lado a otro mientras se arrancaba los pendientes de diamantes como si le quemaran l