La casa de campo de Cassandra se sentía como una tumba de lujo. Era un refugio donde el tiempo se había detenido entre paredes de madera y el aroma a humedad propia de los lugares rodeados por pura vegetación.
Lysandra permanecía sentada en el suelo de la habitación, con la mirada fija en el vacío. Su cuerpo, debilitado por semanas de ayuno voluntario, comenzaba a dar señales del castigo involuntario, la ropa comenzaba a mostrarse holgada. Más de lo que en otro tiempo ha dejado ver el sobrepes