El eco del pitido monótono del monitor cardíaco todavía vibraba en los oídos de Adrián cuando los camilleros del asilo público envolvieron el cuerpo de Beatriz en una sábana gris. No hubo ceremonia ni despedidas solemnes. El cadáver de la mujer que una vez se jactó de su linaje y despreció a Lysandra fue retirado de la sala como un desperdicio más de la institución. Adrián, sentado en una silla de ruedas con el metal oxidado de la nueva silla y los neumáticos lisos que una monja le entregó por