El sótano de la clínica se transformó en una carnicería donde el tiempo se detuvo entre el olor a pólvora y el hierro de la sangre fresca. Maximilian yacía pesado sobre el cuerpo de Lysandra, su respiración era un silbido errático que se apagaba con cada segundo. Vargas, con las manos empapadas en el fluido que brotaba del abdomen de su jefe, gritaba órdenes que resonaban como ecos distantes en las paredes de concreto.
—¡Saquen a la señora de aquí! ¡Busquen una camilla, ahora! —rugió Vargas, mi