El cuerpo de Vania yacía en el suelo de la suite, tal como una mancha inerte que ya no respiraba odio. Lysandra se mantuvo de pie, observando cómo la sangre empapaba el uniforme de enfermera que su antigua amiga había usado como último disfraz. No sentía el triunfo que los demás esperarían; solo sentía una pesada apatía ante el desperdicio de una vida consumida por la bilis.
—Sáquenla de aquí —ordenó Lysandra con un tono de voz que sonaba extrañamente tranquila en medio del caos post-disparo—.