El traqueteo del camión sobre el terreno irregular enviaba sacudidas eléctricas a través del cuerpo de Lysandra. El suelo metálico del vehículo estaba frío, pero ella sentía que ardía. La sangre que manaba de su palma atravesada se había convertido en un charco pegajoso que empapaba la seda azul de su vestido, transformando el color del cielo en un púrpura negruzco. Adrián estaba sentado frente a ella, con la espalda apoyada contra la pared de chapa, respirando con dificultad. El golpe en su si