El aire del pasillo golpeó el rostro de Lysandra con una frialdad que no lograba mitigar el calor de la sangre que aún sentía entre sus muslos. El vestido azul, ese trofeo de seda que Adrián le impuso, se ceñía a su cuerpo como una segunda piel cargada de estática. Sus dedos apretaban la culata del arma con una fuerza que le devolvía el entumecimiento a las muñecas. No miró atrás. El bulto inerte de Adrián sobre la cama era una mancha en su memoria que decidió borrar con cada paso que la aleja