La oscuridad de la suite no era absoluta. La luz de la luna se filtraba por las rendijas de las cortinas, proyectando líneas pálidas sobre el cuerpo de Lysandra, que permanecía inmóvil en la cama. Adrián, desde su lugar en el suelo, sentía que el aire se volvía denso. No podía dejar de pensar en la imagen de ella bajo la luz ámbar, en la seguridad de su piel y en la forma en que lo había humillado con su propia desnudez.
—Sé que no estás dormido, Adrián —la voz de Lysandra rompió el silencio. N