Adrián no durmió. El amanecer lo encontró mirando el techo, con el aroma de Lysandra todavía impregnado en sus sábanas como un recordatorio de su derrota. Se levantó antes de las siete, obedeciendo la orden de su esposa. Se vistió con el traje gris que ella misma le había indicado días antes, sintiéndose como un maniquí vacío. El placer de la noche anterior, ese que él creyó real, se había transformado en una costra de vergüenza.
Bajó al comedor principal, esperando encontrar la mesa vacía, per