El aire en la terraza se volvió gélido en el instante en que Iván terminó de leer la nota que acompañaba a la muñeca.
La furia en su rostro era algo que Alma nunca había presenciado, no era la irritación corporativa de quien pierde un negocio, sino una rabia primitiva, y volcánica.
Con un movimiento violento, Iván arrojó la caja sobre la mesa de cristal, produciendo un estruendo que hizo que los guardias en el perímetro se tensaran.
— ¡Marcus! — rugió Iván — Prepara el avión, quiero a Alma y a